Allí donde solíamos gritar

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martes, 18 de diciembre de 2012

Trabajo final: Capítulo X


Otro día más amanece que no es poco. Me quedo sentado en el borde de la cama pensativo, dubitativo y sobre todo dormido, muy dormido. Creo que esto de madrugar no es bueno para nadie y menos en estos momentos. Hoy toca un día muy largo de trabajo y lo único que me apetece es perderme por las calles de Madrid, no dar ninguna explicación a nadie de porqué me apetece estar solo, solo tengo veinte años y me siento como un anciano, como si mi vida estuviera pasando tan deprisa que no pudiera detenerme, disfrutar de lo que tengo y  ser feliz. Las circunstancias no son las mismas que hace unos meses en los que él estaba bien. Todavía recuerdo aquel momento, hace dos o tres semanas– ya no sé ni en que día vivo- en los que yo me encontraba en casa con mi padre viendo la tele cuando de pronto le noté diferente.


- ¿Papá, estás bien? ¿Papá me oyes? ¿Papá?

Mi padre estaba completamente pálido y no reaccionaba a ninguno de mis movimientos y no conseguía articular palabra. En ese momento no sabía que hacer, si salir corriendo a pedir ayuda, intentar hacer que volviera a la normalidad o simplemente sentarme y llorar como un niño pequeño al que le da miedo la oscuridad. Tras conseguir reaccionar, conseguí llamar a la ambulancia para que vinieran a recogerle. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordar aquel momento en el que vi que todo mi mundo se desmoronaba por lo que estaba sucediendo en aquel cuarto en el que nos encontrábamos él y yo solos hablando de nuestras cosas, de cosas de padre e hijo. Ver los ojos de mi madre, llenos de lágrimas y pensar que quizá no iban a ir las cosas muy bien era lo que más de dolía en aquel momento.

- Mamá, no te preocupes, todo va a salir bien y en pocos días papá conseguirá superar todo este problema y nos iremos a casa.

- Hijo mío…sé fuerte, por favor, sé fuerte.

- Mamá, tranquila, llevas aquí mucho tiempo esperando a que los médicos nos den una respuesta, ¿quieres que te lleve a casa?

No accedió, como buena mujer ella quería permanecer junto a su marido al que tanto quería y del que no se iba a separar ningún momento. Yo decidí irme a descansar un rato a casa por lo que cogí el coche y regresé para coger fuerzas. Durante el trayecto lo único que se me pasaba por la cabeza era el miedo que tenía de perderle…ya la había perdido a ella por mi estupidez inmensa de no querer mostrar mis sentimientos, por querer disfrutar sin tener que dar explicaciones a nadie, pero lo único que esto me hacía era ver que realmente ella me gustaba y eso me asustaba. Ella, sí, la única chica que ha hecho despertar en mí ese sentimiento al que algunos denominan amor.

- ¡No!, ¡para de pensar en ella y piensa en tu padre! – Me decía a mi mismo en voz alta- ¡tú no puedes quererla, no puedes quererla!

Cuando llegué a casa lo primero que hice fue darme una ducha, una ducha larga y caliente que me haría dejar los pensamientos aparcados y dejar mi mente en blanco. Un cigarro tras otro, un paquete tras otro y mi nerviosismo iba a más y no podía dejar de pensar en mi padre y en que esta vez las probabilidades eran menos, cada vez estaba peor y aunque no quisieran decirnos la verdad, yo sabía que él estaba agotando sus últimos cartuchos y que debía aprovechar el tiempo que nos quedaba juntos, ya sea en un hospital o en una cama.

- Otra vez tú en mi cabeza…por más que quiero evitarlo siempre apareces y me recuerdas todo el daño que te he hecho – hablo conmigo mismo mientras me miro a un espejo- sabes que todo esto no está bien pero tú no sabes querer, no sabes.

Ella y yo empezamos a conocernos hace tiempo, dos años atrás y las circunstancias de nuestra relación nos han hecho irnos queriendo, pero a nuestra manera. Ella me quiere, me lo ha demostrado siempre, incluso cuando yo la he ignorado completamente y he fingido que no quería nada con ella, ella ha seguido perseverando. Pero no puedo, no puedo estar con ella…no puedo darle lo que ella se merece y lo que espera de mí, y por eso la he vuelto a rechazar mintiéndole  diciéndola que no quiero nada con ella, que no la quiero en mi vida, que simplemente no la quiero.

- ¡Mientes, mientes y lo sabes, sabes que me quieres! – Me decía ella con lágrimas en los ojos- Sabes perfectamente que yo te quiero  y que tú también me quieres, pero lo único que tienes es miedo, miedo de estar con una persona, de dedicarle tu tiempo y de compartir tu vida con ella. Eso es egoísta Álvaro, es muy egoísta por tu parte, y no te pido que me des toda tu vida, tampoco quiero ser un incordio para ti, solo quiero estar contigo, ¿qué hay de malo en eso? Si es eso lo que quieres y vas a seguir callado mirándome sin decir nada, lo único que te puedo decir es que tengas suerte.

Y se fue…se fue y me dejó allí plantado y con los ojos a punto de estallar. Ella llevaba razón, yo la quiero pero no sé porqué el miedo no me deja estar con ella, no me deja ser la persona que ella merece tener a su lado. Yo siempre he sido un chico muy libre, no me ha gustado atarme a nada, vivir mi propia vida sin rendir cuentas a los demás y quizá ahora es cuando debo de empezar a plantearme que si quiero estar con ella, ese miedo debe desaparecer. ¿Por qué ahora mi vida se está yendo por un precipicio? Rompo a llorar como nunca, como hacía tiempo que no lloraba… La tensión acumulada de estos días me está matando por dentro y lo único que deseo es llorar hasta quedarme dormido. Ya es de día y decido volver al hospital a ver a mi padre. Cuando llego mi madre está hablando con uno de los médicos.

- Buenos días, ¿Qué te ha dicho el doctor?

- Hola hijo, ¿has desayunado? Vamos a la cafetería, necesito una tila.

Antes de llegar a la cafetería mi madre rompe a llorar y me abraza, me abraza tan fuerte que me hace ver que las cosas no están bien, que algo está fallando.

- Se muere… - mi madre susurra entre sollozos- se muere, hijo mío…

Mis ojos se llenan de lágrimas que no dejo salir, que no quiero que vea mi madre, pero es imposible no sentir este dolor que se está apoderando de mí cada vez más fuerte y que apenas me deja respirar. No puedo creer que se vaya, que mi héroe, mi padre, mi amigo, mi todo, se vaya a ir y me vaya a dejar en este momento en el que me encuentro. Quiero pensar que todo esto no es cierto, que debe de haber algún error, que mi padre no se va a ir todavía. Cuando consigo articular palabra y que mi madre se tranquilice decido entrar a ver a mi padre a UCI. Ahí está, tumbado en la cama con la mirada perdida y sin poder hablar. Le miro y rompo a llorar otra vez y veo como el en vez de llorar también me dedica una sonrisa, una sonrisa que nunca había visto, una sonrisa de esas que dicen “tranquilo, todo estará bien”, aunque sepas que nada va a estarlo.

- ¿Por qué? ¿Por qué me tienes que dejar ahora papá? No te vayas, no me dejes con esta carga por favor, sé que te vas a recuperar, lo sé, tarde o temprano lo sé pero no me dejes, no ahora.

Esas palabras me dolían como cuchillos clavándose cada vez más fuerte, me abracé a él deseando despertar de esa maldita pesadilla en la que me encontraba sumido y que no terminaba nunca. Mi padre me rozaba con sus dedos, casi sin fuerza y fue cuando le vi llorar por primera vez, vi como sus ojos se llenaban de lágrimas. Con gestos me pedía que le quitara el respirador un momento para poder hablar conmigo. Estaba débil y no sabía si realmente iba a conseguir mantener una conversación conmigo. Una vez hecha su voluntad comenzó a hablarme.

- Lucha, hijo mío, lucha, nunca te rindas. Todo va a salir bien, cuida de tus hermanos, cuida de tu madre y sobre todo cuídate a ti mismo. Esa, esa chica de la que tanto me has hablado, ella es la que va a conseguir darte la felicidad, aunque ahora no lo creas. Mírame, toda una vida con tu madre y la sigo queriendo como el primer día en que la vi, y sé que ella me va a seguir queriendo aunque yo me vaya. LUCHA, VIVE  y sobre todo AMA.

Y ambos rompimos a llorar en un fuerte abrazo.
Cuando decidí salir a comer algo, toda mi familia estaba allí: mis hermanos, mi madre, mis tíos e incluso muchos de los amigos de mis padres y míos. Pero mi cuerpo se quedó petrificado cuando la vi a ella, rota de dolor, mirándome como nunca me había mirado. Ella estaba allí, después de todo lo que había pasado, después de todo el daño que le había causado días atrás y de todos los falsos argumentos que le di para no estar juntos, ella estaba en aquella sala de espera mirándome fijamente a los ojos como aquel primer día en la que la conocí. Fue un verano hace dos años atrás y desde aquel primer día en que la vi pensé que no podría ser posible, que ella y yo nunca podríamos estar juntos, pero me gustaba…me gustaba demasiado. Aquel día lo recuerdo como si fuera ayer, estaba asustado, tenía pánico cuando hablaba con ella y no sabía que decir para que se sintiera atraída por mí, para que no se aburriera con lo que le estaba contando. Esos recuerdos, que me golpean una y otra vez, son los que en este momento se me estaban pasando por la cabeza al verla en aquella sala de espera mirándome. Después de saludar a todos mis familiares me acerqué a ella y sin mediar palabra me abrazó, me abrazó tan fuerte que pude notar cómo su dolor me traspasaba, y lloraba, lloraba desconsoladamente y yo no podía hacer nada al verla llorar, porque sabía que estaba sufriendo una vez más por mí. Tras abrazarnos decidimos bajar a tomar un poco de aire fresco.

- Lo siento, lo siento tanto – me decía con la voz muy calmada y triste-, no te mereces esto, pero solo quiero que sepas que me tienes aquí, como amiga, siempre como amiga, siempre como lo necesites, pero siempre estoy aquí ¿lo sabes no?

- No sé como puedes seguir viéndome, no entiendo cómo lo haces pero cada día me sorprendes más. No te mereces nada de esto, no te mereces sufrir por mis problemas.

- ¿Cómo puedes ser así? ¿Podrías pararte a pensar que realmente si sufro por ti es porque me importas demasiado, aunque no sea recíproco? Perdona… perdona por decirte esto, no es momento ni lugar. Solo quería venir a ver cómo te encontrabas nada más. Mañana volveré otra vez, no me voy a separar de ti aunque intentes evitarlo, me importas demasiado. Espero que pases una buena noche Álvaro.

Y se volvió a marchar. Me volvió a dejar helado y sin poder articular palabra. Ella siempre me llama por mi nombre, siempre, nunca me ha llamado de cualquier otra forma. ¿Por qué no puedo ser sincero con ella? ¿Por qué lo estoy echando todo a perder por un miedo absurdo? Necesito una ducha de agua caliente, pero no me quiero despegar de mi padre ni un solo momento, por lo que decido pasar la noche en el hospital junto a mi padre, que es quien realmente me necesita en este momento, y yo a él. Los hospitales por la noche son aún más tristes si cabe que por las mañanas. Salas en silencio, nadie por los pasillos, gente tosiendo, gritando, llorando e incluso roncando. Cuando regreso a la sala de espera, mi madre está dormida pero se despierta en un sobresalto al oírme llegar.

- ¿Te han dicho algo más los médicos?

- No hijo, solo me han dicho que es cuestión de tiempo, tu padre está cada vez peor y no me dejan entrar a estar con él. ¿Tu que tal estás? Ha venido tu amiga a verte, ¿la has visto? Esa chica se preocupa mucho por ti, ¿estáis saliendo?

- Sí, vengo de fumarme un cigarro y charlar con ella. Somos amigos, ya está, solo amigos, además no quiero hablar ahora de eso, solo quiero ver a papá.

Mis palabras son muy duras pero en ese momento no necesito estar pensando en el error que estoy cometiendo, solo quiero aprovechar el poco tiempo que me queda con mi padre. Amanece otra vez y mi madre está dormida en mis rodillas con el cuerpo estirado entre esas sillas tan incomodas de las salas de espera de los hospitales. Me despierto al ver entrar a un médico  con semblante serio. Nos hace pasar. Ya está. Ya está todo. Ya hemos llegado al final del camino, los cartuchos están todos agotados.Corro, corro llorando, con el alma partido en pedazos, cojo el coche para irme, no puedo estar allí. Arranco el coche inconsciente de mis actos, no puedo pensar, mi cabeza no me deja pensar, solo me guía hacia un lugar, sólo me guía a una persona. Cuando bajo del coche y consigo caminar por inercia me decido a llamar a su puerta y esperar, esperar que ella abra, la necesito, necesito estar con ella. Cuando escucho pasos me quedo petrificado. Nadie abre la puerta pero noto que alguien viene por detrás.

-¿Álvaro?

Me giro con las lágrimas brotando de mis ojos y allí está ella

- Ya no está, ya se ha ido. Perdóname.

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